Una marea de libros (11) Por qué nos creemos los cuentos

¿No es extraño que algo que sabemos inventado nos afecte? Los personajes no existen, sus acciones no han tenido lugar, las muertes a las que asistimos, las separaciones, las violencias, los deseos que se despliegan ante nosotros en las páginas de un libro solo se generan en la mente de quien lo ha escrito y de quienes lo leen.

Y, sin embargo, sufrimos, nos alegramos, deseamos y tememos con los personajes, nos introducimos en sus historias como si de verdad todo estuviese ocurriendo en ese momento… y, en cierto sentido, lo hace.

En este ensayo, Por qué nos creemos los cuentos (Clave intelectual), Pablo Maurette hace un interesante análisis de los mecanismos que nos llevan a compenetrarnos de tal manera con una historia y a hacerla, en cierta medida, parte de la nuestra.

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Contra la ortodoxia

«Abrir un flanco no se considera posibilidad de crecimiento, de absorber el entorno, sino traición. Lo que quizá fue contestatario, irreverente, progresista, se vuelve conservador, rígido, se cierra sobre sí mismo. Es el destino también de toda revolución triunfante: hacerse conservadora, autoritaria, incluso dictatorial…»

Consideraciones sociopoliticoafectivas sobre la gata Némesis

En realidad, yo no quería escribir sobre gatos. Las historias de animales domésticos suelen ser ligeramente embarazosas. Pero, primero, Némesis y Miss Daisy no son animales domésticos. Y segundo, en realidad no estoy hablando de gatos. O solo un poco.

La naturaleza no existe

Todo se puede volver tendencia y disfrazarse con un eufemismo. Al coworking y al coliving les ha salido ahora un pariente castizo: la vuelta al campo. Un poco más honesta esta palabra, menos empapada de mercadotecnia. También menos grandilocuente que su versión “la vuelta a la naturaleza”, menos épica y aventurera, porque además la naturaleza ya prácticamente no existe: existen el campo y el paisaje.

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Una marea de libros (10) Memorias de una niña judía en el exilio.

En casas ajenas, de Lore Segal (Xordica, traducción de Eva Cosculluela), cuenta sobre todo los años de infancia de Lore, niña judía austriaca a la que sus padres ponen en un tren para que abandone el país cuando se desata la barbarie nazi.
Ella lo vive como una aventura: ¡se va a Inglaterra! Pero su mirada infantil y su enorme entereza no pueden ocultar del todo su inquietud, que se manifiesta en pequeños detalles, también porque el antisemitismo no está ausente del resto de Europa, y tampoco de su colegio en Inglaterra.
Una historia compuesta con pequeñas escenas cotidianas que, a pesar de rehuir el énfasis trágico, da testimonio del sufrimiento causado a los judíos por una ideología criminal.

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Una marea de libros (9) Cadáveres sin enterrar.

En la reseña de hoy hablo de Mapocho, de Nona Fernández (Editorial Minúscula). Ya sabemos lo difícil que es que los muertos descansen en paz si no se les entierra, si no se reconoce su muerte, si no hay una posibilidad de despedida y, en ciertos casos, si no se señala a los culpables de su muerte.

Por eso los muertos resurgen una y otra vez en el río Mapocho, que atraviesa Santiago de Chile, reaparecen porque los hicieron desaparecer. En esta soberbia novela, Nona Fernández habla de pasado y presente, de violencia, de los silencios interesados con los que se construye la historia. Y de una pasión ilícita.

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Una marea de libros (8) Para contar lo que no se puede contar.

En esta reseña hablo de la novela Una familia en Bruselas, de Chantal Akerman (Tránsito, traducción de Regina López Muñoz). Al igual que en su cine, en esta novela Akerman se adentra en los silencios de lo cotidiano, en lo que discurre por debajo de las vidas de mujeres que parecen sin historia, recluidas en espacios cerrados, incapaces de expresar emociones tan terribles que podrían destruirlas si las dejasen salir a la luz.

Silencios, omisiones, inmovilidad, ausencia, olvido y dolor se entrelazan para contar sin contar el trauma. Una gran pequeña novela de Chantal Akerman. No es fácil decir tanto con tan poco, transmitir tanto de la vida interior de alguien que no desea tener vida interior.

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Nuestra gente

Este martes escribía sobre los nostálgicos del golpismo, sobre esos salvadores de la patria que, en realidad, lo que pretenden es destruirla porque no les gusta.
«…Pero, en el fondo, una vez que tuvieron que resignarse al fin de la dictadura, no han dejado de defender lo mismo: una democracia que solo es tal si gobierna la derecha; el resto es declive, desastre, perdición y las hordas comunistas escalando las murallas de la patria con el cuchillo entre los dientes. Añorantes de la guerra civil, hacen lo mismo que entonces: agitar la amenaza de un golpe de izquierdas (Iglesias, que quiere destruir la democracia) para justificar sus anhelos golpistas.»

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Imagen: fotograma de La caída de los dioses, de Luchino Visconti.