El presente es el futuro. Y viceversa

Déjate de ciencia ficción; déjate de distopías. No me hables del futuro. Las cosas suceden ahora. Escribir sobre el futuro es escapista, conservador. ¿De qué me sirve inventar historias que ocurrirán dentro de varios siglos, criticar las condiciones políticas y sociales de ese mundo imaginario en lugar de denunciar las actuales? Déjate de bladerunners, de espectáculos interestelares, de absurdos extraterrestres. La realidad está aquí, bien terrestre, no allí…

Os dejo aquí el primero de una serie de artículos sobre el futuro que voy a publicar en La marea.

 

Mirando el sol, bajo la lluvia

 

La lluvia, en Bonn, no es una cosa que sucede en el pasado. La lluvia aquí es un accesorio de la existencia: respiras, cantas, envejeces, llueve. La lluvia no sucede; suceden las demás cosas; llover es la forma natural en la que amanece y anochece. Nadie anuncia “está lloviendo”: miras hacia lo alto y dejas que el sol te lave la cara…

Y el resto de la entrada, como de costumbre, en Zenda Libros:

http://www.zendalibros.com/mirando-sol-la-lluvia/

 

 

La tentación de la pereza

En la presentación de M. S. Lleno increíble. Yo no sé si habrá muchas autoras que hacen literatura auténtica –que nadie me pida que aclare el concepto- capaz de atraer a tantos lectores a sus actos. Y también hay pocas escritoras que despierten tantas simpatías –y algunos odios-.

E., durante la presentación, habla con esa mezcla de dulzura y convicción que hace tan atractivo su discurso (¡aparte de lo inteligente que es lo que dice!).

Ahora recuerdo que, unos meses atrás, se montó un escándalo por un libro que prologaba M. S. Independientemente de la razón del escándalo, me llenó de perplejidad que se lanzara una campaña, creo que en change.org, para que se retirase el libro del mercado. Estamos rodeados de censores, o de idiotas. O de las dos cosas.

He terminado de leer Cero K, de DeLillo, después de interrumpirla varias veces por otras obligaciones de lectura (ya no leo lo que quiero, sino lo que debo: necesidad de corregir esto en mi vida). Aunque tiene momentos deslumbrantes, como siempre, me he encontrado con demasiados pasajes en los que he perdido el interés. Esa descripción exhaustiva de la atmósfera y de los personajes en el centro de criogenización, a pesar de su amplitud, no va suficientemente lejos. O va quizá más lejos de lo que yo puedo ir.

La novela tiene algo de testamento, como el que quiere hacer el padre del protagonista. Esto he sido, dice; hasta aquí llego. Desaparezco. Pero vosotros no. Es vuestro turno.

¿Decía antes que estamos rodeados de censores y de idiotas? La sentencia condenatoria por los twitter de Cassandra sobre Carrero Blanco sería risible si sus consecuencias no fuesen tan serias para la vida de una persona y, a la larga, para la salud de la democracia.

La rabia de estar gobernados por delincuentes, juzgados por prevaricadores, controlados por cuerpos de seguridad que, por lo que se lee en muchas noticias, son un nido de gusanos. ¿Será delictivo afirmar algo así? Como diría Ariel: que les den.

Creo que después del  curso de escritura creativa que acabo de empezar voy a hacer una larga pausa. Tengo la impresión de que llevo un tiempo sin progresar, sin ser capaz de descubrir algo nuevo que enseñar. Y lo viejo ya lo he enseñado demasiadas veces. Me impresionan esos periodistas y escritores que son capaces de publicar una columna regular durante décadas, esos profesores que enseñan también durante décadas la misma asignatura. Supongo que son capaces de alegrarse con los pequeños matices que van descubriendo durante su trabajo, o que los avances de sus alumnos les bastan como recompensa. Yo enseguida me digo: venga, ¿es eso todo? Creo que soy mi capataz más tiránico. En cuanto quiero descansar en terreno conocido, saco el látigo.

Escribo todo esto sin orgullo por mi inquietud; en realidad, me gustaría ser fiel a aquel verso que escribí para La Constitución Europea en verso (un proyecto a la vez delirante y divertido). En uno de los derechos fundamentales que quise inscribir en la Constitución, el derecho a la pereza –sí, claro, Paul Lafargue-, anoté: el buen jardinero aprecia/ la sombra del manzano.

Algún día aprenderé a apreciar de verdad esa sombra.

Cuando me vence el desánimo escapo de lo que me rodea, pero no marchándome a otro lugar, sino hacia mi interior. Me adentro en mí mismo hasta que casi no percibo el mundo. El mundo es el runrún en mi cabeza. El mundo es el malestar en el estómago. E., en esos casos, se sienta a mi lado y me acaricia, pero imagino que será como acariciar la coraza de un galápago: seco, duro, mineral. Allí dentro puede que se perciba un temblor, nanomovimientos, pero fuera nada con lo que entablar una relación. Me pregunta si me hace bien que me acaricie y yo respondo que no lo sé, que apenas lo siento. Ella continúa acariciándome.

Me acuerdo ahora de Lonesome George, aquella famosa tortuga  macho que fotografié en las Islas Galápagos hace ya mucho y que fue durante décadas la última de su especie. Me impresionó saber que tuvo el mismo cuidador durante cuarenta años. Supongo que él también, de vez en cuando, le acariciaría el caparazón para consolarlo de su soledad.

Se discute a partir de titulares. Nadie parece leer de verdad, informarse a fondo. Se lee un titular, se le aplica el rasero ideológico y se decide con código binario: bueno/malo. Y entonces comienza el festival de las dentelladas.

Por eso, la prensa usa titulares manipuladores que luego son desmentidos en el cuerpo de la noticia. Ya saben que muy pocos la leerán, así que mejor decirles de entrada lo que deben pensar.

Leo el titular sobre el autogolpe en Venezuela. Leo luego algunas noticias y comentarios más matizados en los que se explica el contexto, pero la pelea a cuchillo desnudo que se desata en las redes se reduce a: Maduro sí/Maduro no. El acontecimiento en cuestión es indiferente. El juicio sobre el asunto es previo al propio asunto, que se convierte en excusa para repetirlo.

Barcelona, La batalla de Argel, la impaciencia

videoconferenciaTerminando de preparar el taller sobre el futuro en la Escola Europea d’Humanitats. Artistas invitados: Bob Dylan, Leonard Cohen y Eskorbuto. (Llego a la conclusión de que no hay nada más apocalíptico que el punk).

Veo La batalla de Argel. En estos días de atentados recientes en Inglaterra y Holanda, en estos meses y años, en realidad, de miedo a atentados y de reacciones vergonzosas y criminales a dichos atentados, resulta una experiencia muy extraña ver esta película magistral. Una película sobre la actualidad que se refiere a sucesos de hace sesenta años. Una película que revela la tristeza de que no hemos aprendido nada. O, más bien, que no hay nada que aprender porque los conflictos son tan profundos que sólo remiten a emociones, no a intentos de comprensión.

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Al final, se cancela el taller y sólo doy la conferencia en la Escola: El presente es el futuro del pasado. Creo que ha sido mi mejor conferencia desde la que pronuncié sobre le ética de la crueldad en Lehigh, hace ya varios años. Hasta la víspera tenía la impresión de que lo que había preparado no estaba bien, de que faltaba algo. Me parecía que me limitaba a presentar una serie de ideas deslavazadas sobre cómo a finales del siglo XIX se imaginaba el inicio del XXI. Luego, encontré un juego de conclusiones que imponían un orden a lo anterior. Como en las novelas, a veces el final es esencial, no como broche, sino como momento que hace que todas las páginas previas cobren un sentido nuevo o más amplio. De pronto entiendo la relación que tenía mi discurso conmigo mismo, con nosotros, esto es, con el mundo en el que vivo.

Y como sucedió con La ética de la crueldad, tengo la impresión que de esta conferencia puede salir un ensayo. Ya veremos si es verdad.

Hace años estuve a punto de comprar un piso en Barcelona. La burbuja inmobiliaria me salvó de aquella decisión equivocada. Pero me gusta pasar aquí unos días, salvo por la invasión de turistas, que por suerte en estas fechas aún es soportable.
Temo que en Madrid suceda lo mismo: que la ciudad producto sustituya a la ciudad habitación. Y que la proliferación de franquicias convierta viajar en una especie de día de la marmota. En realidad, cada vez más, las ciudades son en sí mismas franquicias.

Acabamos de hacer todas las reservas de hoteles y aviones para el viaje a Colombia, y justo entonces me escribe H. A. con las fechas en las que va a estar en Medellín. Sólo coincidimos la primera noche, cuando llegaremos de Madrid. Pero intentaremos aprovechar ese rato para verle.

A mis años todavía no he averiguado si soy un hombre demasiado paciente o demasiado impaciente.

 

 

Contra la ironía. En la carretera. Un susto.

Contestar entrevistas por escrito. Es cómodo porque lo haces cuando quieres. Pero la cantidad de tiempo que lleva. Y luego te olvidas de lo que contestaste allí, aunque eso sucede con lo que dices en todas las entrevistas (me ha ocurrido hace poco: J. A. J. me envía una entrevista en la que hace referencia a algunas afirmaciones mías. No me acuerdo de ellas.)

Anoto aquí dos respuestas para que no se me olviden.

“Escribir como si fuese en ese momento lo único importante, escribir sin jueguecitos para establecer complicidades con los compañeros, escribir con rabia. Reivindico la pasión, muy desprestigiada en esta época de lo cool, de no conceder importancia a nada. La postmodernidad nos dijo que nada es real y por tanto nada es importante, así que parece que sólo nos está permitida la ironía (la ironía significa jugar sobre seguro, no arriesgar: no es agresión abierta ni aceptación explícita). Yo desprecio la ironía. Prefiero el riesgo de caer en el ridículo que siempre entraña la pasión.”

 “Es verdad que la vida no significa nada en sí misma, pero ¿quién dijo que sólo importa lo que tiene significado? Yo no quiero que la pasión de escribir, de comunicar, sustituya a la de vivir. No quiero ser uno de esos escritores que dicen que la literatura es para ellos más importante que la vida. Para mí, afirmar tal cosa equivaldría a la constatación de un fracaso personal, sería reconocer que la literatura es un refugio y un sucedáneo: escribir y leer porque la vida no es satisfactoria. Yo lo quiero todo: una vida plena y una literatura plena.”

Son dos respuestas en las que me he dejado contaminar por Ariel. Ojalá sean verdad.

En Córdoba con E. Presentación con Pepe, agradable. Público atento. Somos muy breves, quizá demasiado. Pocas firmas. Luego cena.

Cada vez hablamos más de comida. La gastronomía ha sustituido en la sobremesa a la política. Somos la izquierda gourmet.

Screen Shot 2017-03-21 at 09.56.01Rodamos en Sevilla con Sara Mesa e Hipólito G. Navarro. Los dos sentados muy juntitos en el borde de un antiguo fregadero, de esos que llevaban la tabla de lavar incorporada. Están muy graciosos en esa postura inestable en la que si uno se levanta el otro pierde el equilibrio. Se nota el afecto entre ellos.

Una de las cosas buenas del documental: conocer a ciertos autores que me interesaban pero no había tenido trato personal con ellos. A Sara ya la conocía. Poli es todo un descubrimiento. Una de esas personas de las que, nada más conocerlas, quisieras ser su amigo.

Acabamos el viaje en Granada. Estamos cansados, tenemos que forzarnos a salir del hotel. Andrés Neuman nos lleva al barrio del Realejo a grabar. Calles laberínticas, la luz intensa que hace difícil rodar en buenas condiciones. Casas de ricos en lo alto, las más pobres abajo. En algún sitio escribí que el uso de la orografía es también una cuestión de clase.

Andrés habla con una lucidez impresionante. Comemos con él. Parlanchín pero a la vez interesado por los demás, tiene necesidad de contar muchas cosas y también de averiguar muchas.

Volvemos en coche de alquiler a Madrid. En un momento dado, al cambiar de carril, ya de noche, el coche da un fuerte bandazo que aún no sé a qué atribuir. Vamos a 130. Pienso que eso podría haber sido todo, un fuerte bandazo a 130, perder el control porque en ese momento no llevara el volante bien agarrado o porque no rectificase a tiempo la dirección. Vuelta de campana, salirse de la carretera, quizá chocar con otro. Se acabó. Imagino la escena mientras aún conduzco, E. sentada a mi lado, en silencio.

Charla con estudiantes de Babson College en Madrid, a la que me había invitado otra vez Jenny (gracias, Jenny).. Un grupo muy interesado, curioso. Es un taller sobre Lavapiés, es decir, sobre la transformación de un barrio. Imaginamos historias de personas que viven en ese barrio: un inmigrante senegalés y una anciana que ha vivido siempre allí. Intentamos entender su vida cotidiana y sus sensaciones. Los estudiantes participan con una intensidad poco frecuente. Cuando hago una pregunta o sugerencia, enseguida se levantan siete u ocho manos. Al igual que durante la charla en Luxemburgo, se me pasan por la cabeza todos esos comentarios que oigo sobre los jóvenes de hoy, sobre su desinterés, y me convenzo de la imposibilidad de que los integrantes de una generación emitan un juicio atinado sobre los de la siguiente.

Y hoy salimos hacia Pamplona. En tren.

La muerte y el optimismo

indexLeyendo con perplejidad Zero K (no sé si ha salido en español y no tengo ganas de mirarlo ahora), de DeLillo. La sensación de haber consumido una droga que me impide entender del todo lo que sucede a mi alrededor. Percepción distorsionada. Y en el centro, la muerte, el famoso túnel que se supone tiene una luz al final, pero aquí parece iluminado por lámparas de neón.

Acabo también las Noticias de ninguna parte, de W. Morris. Interesante por lo que revela de su visión del mundo; como novela, empalagosa y repetitiva.

Conversación con P. sobre la próxima presentación de La seducción. Me he dado cuenta, también hablando con periodistas, de que algunos no entienden el final. Y también me he dado cuenta de que no importa tanto. Aunque es verdad que, en cierto sentido, cuando cierran el libro han leído una novela distinta de la que yo he creído escribir. Sin embargo, ambas novelas comparten, creo, los rasgos esenciales.
Y no puedo saber cuál de las dos novelas es mejor.

Mi padre está otra vez en el hospital. El acontecimiento ha dejado, por su repetición y por lo esperado, de ser acontecimiento, y se convierte en un momento de su vida como cualquier otro. En realidad, la vida en la residencia no se distingue tanto de la vida en el hospital. Ya no hay lugar para lo imprevisto ni para el deseo, y la amplitud de ese lugar es la que establece hasta qué punto estamos vivos.

Hablando con A. B. hace tiempo sobre la muerte, opiné que vivir deja de merecer la pena cuando lo que haces ya no aporta nada a tu biografía (hice esto, di aquello, intenté lo de más allá) y sólo es parte de la biografía de los demás (lo cuidé y atendí, interrumpió mi vida, me ató). Esto es, cuando vivir es ya sólo espera involuntaria (si es voluntaria, si aún hay deseo, puede tener un valor la vida). No estoy seguro de tener razón. Aún no he estado ahí y sólo puedo juzgar desde fuera, desde lo que es necesariamente un prejuicio.

Me imagino paralítico, imposibilitado para salir de la habitación de una residencia. Incapaz de escribir. Sin ninguna esperanza de cambio. ¿Habría algo que me hiciese aferrarme a la vida, aparte del miedo al vacío? Quizá sí, quizá siga produciendo alegría ver amanecer. O escuchar la voz de E., saber que ella continúa ahí y que está bien. Vivir no por lo que yo pueda hacer ni dar, sino por la alegría de ser testigo de lo que sobrevive fuera de mí.

Solicitamos una subvención para el documental. Estoy seguro de que no nos la van a dar.
¿Qué desearía ser si volviera a nacer?, me han preguntado durante algunas entrevistas. La próxima vez ya sé qué responder: optimista.

Contar los días sin cuento: papeleos, Luxemburgo, drogadicciones, el pudor.

Semana de ajetreo poco productivo. Médicos, gestiones, papeleos, esas cosas que recortan los días, necesarias a la vez que molestas. Uno no quiere hacerlas, quiere haberlas hecho.

Esta semana apenas he escrito en el diario. Los días desaparecen sin dejar rastro ni recuerdo. Intento rememorar las cosas que he hecho los últimos días y me encuentro con un vacío, con una sucesión de fechas sin historia. De pronto me quedo perplejo al darme cuenta de que la presentación de La seducción ha sido esta semana, no hace ya varias.

Cuando hago una presentación, siempre temo que no venga nadie, o que sólo vengan cuatro o cinco amigos. Cuando me preguntan en entrevistas si tengo miedo a la página en blanco debería responder que sólo le temo a la sala vacía. De la página puedo encargarme yo solo.

Viaje a Luxemburgo. E. viene conmigo. Encuentro en la Escuela Europea con alumnos de los dos últimos cursos. Me causan una excelente impresión. Hacen muchas preguntas y no son sólo dos o tres de ellos los que las hacen. Se les ve interesados, atentos. Y me ponen en apuros para contestar algunas de las preguntas, que no se limitan a las habituales. Les interesa mucho la relación de mi escritura con el mundo –política, sociedad, economía-.

Y apenas tres horas después, representación de Qué raros son los hombres. Quedo contento en general, sobre todo con el tercer monólogo. Pero se me traba la lengua en tres o cuatro ocasiones y me da una rabia enorme. Mi memoria funciona muy bien. Y mi ego se queda satisfecho: sala llena (al menos setenta personas).

Paseo con E. por Luxemburgo. Bajamos al Grund. Bebemos cerveza, comemos gulash. Mañana agradable. A veces, cuando pasamos cerca de los edificios en los que trabajé cuando era intérprete se me hace extraño que aquello haya sido mi vida. Lo recuerdo -y de hecho me llegan a la memoria imágenes y situaciones en las que no había pensado desde hace años-. Pero es como si le hubiese sucedido a otro. Mi propia vida como si fuese un acontecimiento ajeno.

migrat-505x281Coloquio en el Festival de las Culturas y la Emigración de Luxemburgo. Bien, estoy muy tranquilo. Voy improvisando alrededor de los motores esenciales de mi literatura. Turno de preguntas poco intenso. Firmas.

A la mañana siguiente, en el hotel, escribo un artículo de viajes que me habían pedido para la revista Piedras Lunares. Hacía mucho que no me pedían un artículo de viajes. Tomo un texto que escribí hace años, cuando estuve en Madagascar, el único que no publiqué de todos los que escribí sobre aquel viaje. Es un texto en el que hago un papel algo ridículo, plañidero, mezquino. Y me interesaba ese aspecto de la literatura de viajes: lo que dejamos fuera, lo que silenciamos, lo que queda fuera de la fotografía exótica o épica. Lo suprimido; lo reprimido. Así que escribo una introducción hablando sobre esa cuestión y añado el texto inédito. Por supuesto, en casos así, como también en los fragmentos que publico de este diario, se plantea el tema del pudor.

Lo que me interesa es el texto, su valor literario, lo que se descubre en él, que no soy sólo yo, o no debo serlo, sino también el reflejo de los lectores, los puntos ciegos del espejo en el que miran sus vidas. Un texto que se limita a ser monólogo es un texto fallido. (Aquí surge una contradicción que no he resuelto: mi diario es monólogo, y hasta hace poco lo guardaba para mí. Pero ahora publico alguno de sus fragmentos. ¿Cómo se compagina esto con lo escrito más arriba? Hum. Reflexionar sobre ello. Intentar entender lo que estoy haciendo).

17022445_1892406781043211_3842173198880997744_nCuando salga mi relato en el volumen Drogadictos de Demipage, que puede parecer particularmente impúdico, si participo en alguna entrevista o rueda de prensa o coloquio, me esforzaré en defender precisamente el texto: no hablaré de mí, no aceptaré preguntas sobre mi intimidad, sino sólo preguntas centradas en lo escrito. La separación es difícil, pero creo que posible.

Primera entrevista, con David y Sara, sobre drogadicciones en Radio 3. Y, claro, sale el tema del pudor, de lo íntimo, de la curiosidad del lector por la experiencia personal. El tema, del que también hablo en mi texto, de cómo me mirará la gente después de leerlo. Para muchos lectores, la ficción es siempre una forma de autoficción oculta.