Contra la ironía. En la carretera. Un susto.

Contestar entrevistas por escrito. Es cómodo porque lo haces cuando quieres. Pero la cantidad de tiempo que lleva. Y luego te olvidas de lo que contestaste allí, aunque eso sucede con lo que dices en todas las entrevistas (me ha ocurrido hace poco: J. A. J. me envía una entrevista en la que hace referencia a algunas afirmaciones mías. No me acuerdo de ellas.)

Anoto aquí dos respuestas para que no se me olviden.

“Escribir como si fuese en ese momento lo único importante, escribir sin jueguecitos para establecer complicidades con los compañeros, escribir con rabia. Reivindico la pasión, muy desprestigiada en esta época de lo cool, de no conceder importancia a nada. La postmodernidad nos dijo que nada es real y por tanto nada es importante, así que parece que sólo nos está permitida la ironía (la ironía significa jugar sobre seguro, no arriesgar: no es agresión abierta ni aceptación explícita). Yo desprecio la ironía. Prefiero el riesgo de caer en el ridículo que siempre entraña la pasión.”

 “Es verdad que la vida no significa nada en sí misma, pero ¿quién dijo que sólo importa lo que tiene significado? Yo no quiero que la pasión de escribir, de comunicar, sustituya a la de vivir. No quiero ser uno de esos escritores que dicen que la literatura es para ellos más importante que la vida. Para mí, afirmar tal cosa equivaldría a la constatación de un fracaso personal, sería reconocer que la literatura es un refugio y un sucedáneo: escribir y leer porque la vida no es satisfactoria. Yo lo quiero todo: una vida plena y una literatura plena.”

Son dos respuestas en las que me he dejado contaminar por Ariel. Ojalá sean verdad.

En Córdoba con E. Presentación con Pepe, agradable. Público atento. Somos muy breves, quizá demasiado. Pocas firmas. Luego cena.

Cada vez hablamos más de comida. La gastronomía ha sustituido en la sobremesa a la política. Somos la izquierda gourmet.

Screen Shot 2017-03-21 at 09.56.01Rodamos en Sevilla con Sara Mesa e Hipólito G. Navarro. Los dos sentados muy juntitos en el borde de un antiguo fregadero, de esos que llevaban la tabla de lavar incorporada. Están muy graciosos en esa postura inestable en la que si uno se levanta el otro pierde el equilibrio. Se nota el afecto entre ellos.

Una de las cosas buenas del documental: conocer a ciertos autores que me interesaban pero no había tenido trato personal con ellos. A Sara ya la conocía. Poli es todo un descubrimiento. Una de esas personas de las que, nada más conocerlas, quisieras ser su amigo.

Acabamos el viaje en Granada. Estamos cansados, tenemos que forzarnos a salir del hotel. Andrés Neuman nos lleva al barrio del Realejo a grabar. Calles laberínticas, la luz intensa que hace difícil rodar en buenas condiciones. Casas de ricos en lo alto, las más pobres abajo. En algún sitio escribí que el uso de la orografía es también una cuestión de clase.

Andrés habla con una lucidez impresionante. Comemos con él. Parlanchín pero a la vez interesado por los demás, tiene necesidad de contar muchas cosas y también de averiguar muchas.

Volvemos en coche de alquiler a Madrid. En un momento dado, al cambiar de carril, ya de noche, el coche da un fuerte bandazo que aún no sé a qué atribuir. Vamos a 130. Pienso que eso podría haber sido todo, un fuerte bandazo a 130, perder el control porque en ese momento no llevara el volante bien agarrado o porque no rectificase a tiempo la dirección. Vuelta de campana, salirse de la carretera, quizá chocar con otro. Se acabó. Imagino la escena mientras aún conduzco, E. sentada a mi lado, en silencio.

Charla con estudiantes de Babson College en Madrid, a la que me había invitado otra vez Jenny (gracias, Jenny).. Un grupo muy interesado, curioso. Es un taller sobre Lavapiés, es decir, sobre la transformación de un barrio. Imaginamos historias de personas que viven en ese barrio: un inmigrante senegalés y una anciana que ha vivido siempre allí. Intentamos entender su vida cotidiana y sus sensaciones. Los estudiantes participan con una intensidad poco frecuente. Cuando hago una pregunta o sugerencia, enseguida se levantan siete u ocho manos. Al igual que durante la charla en Luxemburgo, se me pasan por la cabeza todos esos comentarios que oigo sobre los jóvenes de hoy, sobre su desinterés, y me convenzo de la imposibilidad de que los integrantes de una generación emitan un juicio atinado sobre los de la siguiente.

Y hoy salimos hacia Pamplona. En tren.

La muerte y el optimismo

indexLeyendo con perplejidad Zero K (no sé si ha salido en español y no tengo ganas de mirarlo ahora), de DeLillo. La sensación de haber consumido una droga que me impide entender del todo lo que sucede a mi alrededor. Percepción distorsionada. Y en el centro, la muerte, el famoso túnel que se supone tiene una luz al final, pero aquí parece iluminado por lámparas de neón.

Acabo también las Noticias de ninguna parte, de W. Morris. Interesante por lo que revela de su visión del mundo; como novela, empalagosa y repetitiva.

Conversación con P. sobre la próxima presentación de La seducción. Me he dado cuenta, también hablando con periodistas, de que algunos no entienden el final. Y también me he dado cuenta de que no importa tanto. Aunque es verdad que, en cierto sentido, cuando cierran el libro han leído una novela distinta de la que yo he creído escribir. Sin embargo, ambas novelas comparten, creo, los rasgos esenciales.
Y no puedo saber cuál de las dos novelas es mejor.

Mi padre está otra vez en el hospital. El acontecimiento ha dejado, por su repetición y por lo esperado, de ser acontecimiento, y se convierte en un momento de su vida como cualquier otro. En realidad, la vida en la residencia no se distingue tanto de la vida en el hospital. Ya no hay lugar para lo imprevisto ni para el deseo, y la amplitud de ese lugar es la que establece hasta qué punto estamos vivos.

Hablando con A. B. hace tiempo sobre la muerte, opiné que vivir deja de merecer la pena cuando lo que haces ya no aporta nada a tu biografía (hice esto, di aquello, intenté lo de más allá) y sólo es parte de la biografía de los demás (lo cuidé y atendí, interrumpió mi vida, me ató). Esto es, cuando vivir es ya sólo espera involuntaria (si es voluntaria, si aún hay deseo, puede tener un valor la vida). No estoy seguro de tener razón. Aún no he estado ahí y sólo puedo juzgar desde fuera, desde lo que es necesariamente un prejuicio.

Me imagino paralítico, imposibilitado para salir de la habitación de una residencia. Incapaz de escribir. Sin ninguna esperanza de cambio. ¿Habría algo que me hiciese aferrarme a la vida, aparte del miedo al vacío? Quizá sí, quizá siga produciendo alegría ver amanecer. O escuchar la voz de E., saber que ella continúa ahí y que está bien. Vivir no por lo que yo pueda hacer ni dar, sino por la alegría de ser testigo de lo que sobrevive fuera de mí.

Solicitamos una subvención para el documental. Estoy seguro de que no nos la van a dar.
¿Qué desearía ser si volviera a nacer?, me han preguntado durante algunas entrevistas. La próxima vez ya sé qué responder: optimista.

Contar los días sin cuento: papeleos, Luxemburgo, drogadicciones, el pudor.

Semana de ajetreo poco productivo. Médicos, gestiones, papeleos, esas cosas que recortan los días, necesarias a la vez que molestas. Uno no quiere hacerlas, quiere haberlas hecho.

Esta semana apenas he escrito en el diario. Los días desaparecen sin dejar rastro ni recuerdo. Intento rememorar las cosas que he hecho los últimos días y me encuentro con un vacío, con una sucesión de fechas sin historia. De pronto me quedo perplejo al darme cuenta de que la presentación de La seducción ha sido esta semana, no hace ya varias.

Cuando hago una presentación, siempre temo que no venga nadie, o que sólo vengan cuatro o cinco amigos. Cuando me preguntan en entrevistas si tengo miedo a la página en blanco debería responder que sólo le temo a la sala vacía. De la página puedo encargarme yo solo.

Viaje a Luxemburgo. E. viene conmigo. Encuentro en la Escuela Europea con alumnos de los dos últimos cursos. Me causan una excelente impresión. Hacen muchas preguntas y no son sólo dos o tres de ellos los que las hacen. Se les ve interesados, atentos. Y me ponen en apuros para contestar algunas de las preguntas, que no se limitan a las habituales. Les interesa mucho la relación de mi escritura con el mundo –política, sociedad, economía-.

Y apenas tres horas después, representación de Qué raros son los hombres. Quedo contento en general, sobre todo con el tercer monólogo. Pero se me traba la lengua en tres o cuatro ocasiones y me da una rabia enorme. Mi memoria funciona muy bien. Y mi ego se queda satisfecho: sala llena (al menos setenta personas).

Paseo con E. por Luxemburgo. Bajamos al Grund. Bebemos cerveza, comemos gulash. Mañana agradable. A veces, cuando pasamos cerca de los edificios en los que trabajé cuando era intérprete se me hace extraño que aquello haya sido mi vida. Lo recuerdo -y de hecho me llegan a la memoria imágenes y situaciones en las que no había pensado desde hace años-. Pero es como si le hubiese sucedido a otro. Mi propia vida como si fuese un acontecimiento ajeno.

migrat-505x281Coloquio en el Festival de las Culturas y la Emigración de Luxemburgo. Bien, estoy muy tranquilo. Voy improvisando alrededor de los motores esenciales de mi literatura. Turno de preguntas poco intenso. Firmas.

A la mañana siguiente, en el hotel, escribo un artículo de viajes que me habían pedido para la revista Piedras Lunares. Hacía mucho que no me pedían un artículo de viajes. Tomo un texto que escribí hace años, cuando estuve en Madagascar, el único que no publiqué de todos los que escribí sobre aquel viaje. Es un texto en el que hago un papel algo ridículo, plañidero, mezquino. Y me interesaba ese aspecto de la literatura de viajes: lo que dejamos fuera, lo que silenciamos, lo que queda fuera de la fotografía exótica o épica. Lo suprimido; lo reprimido. Así que escribo una introducción hablando sobre esa cuestión y añado el texto inédito. Por supuesto, en casos así, como también en los fragmentos que publico de este diario, se plantea el tema del pudor.

Lo que me interesa es el texto, su valor literario, lo que se descubre en él, que no soy sólo yo, o no debo serlo, sino también el reflejo de los lectores, los puntos ciegos del espejo en el que miran sus vidas. Un texto que se limita a ser monólogo es un texto fallido. (Aquí surge una contradicción que no he resuelto: mi diario es monólogo, y hasta hace poco lo guardaba para mí. Pero ahora publico alguno de sus fragmentos. ¿Cómo se compagina esto con lo escrito más arriba? Hum. Reflexionar sobre ello. Intentar entender lo que estoy haciendo).

17022445_1892406781043211_3842173198880997744_nCuando salga mi relato en el volumen Drogadictos de Demipage, que puede parecer particularmente impúdico, si participo en alguna entrevista o rueda de prensa o coloquio, me esforzaré en defender precisamente el texto: no hablaré de mí, no aceptaré preguntas sobre mi intimidad, sino sólo preguntas centradas en lo escrito. La separación es difícil, pero creo que posible.

Primera entrevista, con David y Sara, sobre drogadicciones en Radio 3. Y, claro, sale el tema del pudor, de lo íntimo, de la curiosidad del lector por la experiencia personal. El tema, del que también hablo en mi texto, de cómo me mirará la gente después de leerlo. Para muchos lectores, la ficción es siempre una forma de autoficción oculta.

No me vengas con historias

Leo que un escritor argentino dice que no le interesa nada contar historias. Me hace pensar por un momento si soy demasiado primitivo, poco sofisticado, poco (post)moderno. Mi antiguo profesor de Historia del Arte, a quien volví a encontrar hace dos años, me dijo exactamente lo mismo, que no le interesaba que le contasen historias. Y he oído esa frase en distintas ocasiones. Contar historias está desprestigiado.

Leo a Vila-Matas sobre Perec. Perec les suele gustar a los que no les gustan las historias –le gustaba mucho a mi antiguo profesor de arte-. Sé que los auténticos intelectuales entre los lectores y escritores idolatran a Perec. Me reservo mi opinión: lo he leído demasiado poco. Pero me llama la atención cómo se pone de moda una poética, cómo a través de esa poética se establecen clases de escritores que se reconocen entre sí, y cuando digo clases no me refiero a tipos, sino a una distribución por alturas, como en las pirámides que estudiábamos en el colegio (arriba el rey, debajo la aristocracia, luego los comerciantes…)

anna karenina.jpegA mí me gusta contar historias y me gusta que me las cuenten. Mantengo esa fascinación infantil por los acontecimientos y las posibilidades abiertas. Aunque sepa que, como diría Susan Sontag, una trama es el cebo que se usa para captar mi atención y llevarme hacia otros asuntos. La historia que se cuenta no es sólo la historia que se cuenta; es un juego de asociaciones, de relaciones, de acertijos, de sensaciones y de significados para poner en duda o aceptar o rechazar o sencillamente sentir. Una historia es un empujón; lo que me interesa de verdad no es lo que le sucede a Anna Karenina; lo que me interesa es la necesidad de arrojarse bajo las ruedas de un tren; Anna tan sólo es la médium que me desvela ese vértigo.

E. está con sus padres. Paso tres días solo en casa. Me he desacostumbrado a la soledad, yo, que me tenía por un solitario.

mosaicosNos trae A. los tres primeros libros publicados por su editorial. La edición muy cuidada, el papel de calidad. Me alegra que M. esté con él en este proyecto. A., con su perfeccionismo, podría pasarse años en la fase de preparación. M., entusiasta y, creo, más práctica, empuja a la realización. El perfeccionismo es un camino seguro hacia la desesperación o hacia la abulia.

Uno de los libros es de Felisberto Hernández. Me pongo a leerlo y la primera palabra que me sugiere la lectura es “delicadeza”. Esa especie de cuidado hacia los momentos mínimos, como quien tiene entre los dedos un objeto fragilísimo que, sin embargo, es necesario inspeccionar. No sé casi nada de la vida de F. H., pero imagino que quien mira la realidad con esa atención cautelosa sería un hombre triste.

Otros, para evitar la tristeza, la impotencia también ante la caducidad de todo momento, juzgan la realidad; es decir, se sitúan fuera de ella.

El amor, la literatura, el cine. Esas cosas

Una semana en Mons viendo películas de amor. La calidad no ha sido alta. El presidente del jurado dijo que echaba de menos las películas que de verdad son de amor. A mí, más que el cine de amor, me interesa el cine sobre el amor (también sobre su ausencia, sobre su imposibilidad, sobre su engaño, sobre cómo lo volcamos hacia objetos e incluso animales –una cabra, en una película egipcia, en la que parece haberse encarnado la amada muerta-). El cine “de” amor, enseguida se vuelve repetitivo, estilizado, déjà vu.

Hubo sin embargo algunas películas interesantes, entre ellas Porto.
Porto tenía todo para irritarme: una historia clásica de flechazo, una fotografía que idealiza la ciudad, fotografía romántica y de grano grueso, una mujer fatal, un joven vulnerable y absolutamente enamorado, minutos y minutos de declaraciones de amor. Como diría mi amiga R.: el horror.

Me encantó Porto, porque enseguida sabemos que todo lo que estamos viendo es mentira. Todo menos el enamoramiento de él. El encuentro es maravilloso para él, tanto que no puede entender que ella no lo vea así, tanto, que empieza a acosarla… Pero la película que vamos a ver no es la que parece anunciarse. No, no es el encuentro apasionado que imaginamos los primeros minutos ni él el único desequilibrado dispuesto a todo para que ella regrese a su lado. En seguida sabemos que ella le deja al día siguiente, que el desequilibrio en esa atractiva mujer, menos evidente, no es menos profundo.

Y la película regresa en flash backs a esos momentos en los que parece que no hay otra cosa que el amor de ambos, en los que la pasión absoluta, en los que decir “siempre” resulta lo más natural, en los que cada uno está completamente absorbido por el otro y parece que eso no cambiará nunca.

Las frases que decimos en la intimidad del enamoramiento son embarazosas si se repiten delante de un público, pero no pensamos en eso cuando las decimos. Las frases de los enamorados –te querré siempre, nunca querré a otro, no habrá secretos entre nosotros- son, en general, mentiras, y cualquiera lo intuye vagamente, pero de todas maneras las pronuncia. En ese momento la probabilidad no importa, porque no importa el futuro: el presente lo absorbe todo.

Porto nos muestra esos instantes de entrega absoluta pero todos sabemos ya, salvo el protagonista, que son una ficción. Todo se va a derrumbar en pocas horas. Y esa tragedia nos duele porque nos remite a la nuestra: también la inmensa mayoría de nuestros amores se derrumbará, tarde o temprano. No querremos siempre, nos enamoraremos de otro, sí habrá secretos.

Salvo en mi caso. Yo soy una excepción porque seguiré enamorado de E. hasta que me muera. La querré siempre, pienso. Y lo siento así, sin ironía alguna. A los enamorados nos dan igual las probabilidades.

En La invención del amor, Samuel decía que no usaba la palabra siempre. Yo tampoco porque, como él, desconfío de esa palabra manoseada que tan rara vez se cumple. Pero me la digo por lo bajo. Mi honestidad consiste en que no la pronuncio, en que no la convierto en promesa. Es sólo una convicción íntima.

gala-de-cloture.pngDurante la entrega de premios, la presentadora lleva un vestido que deja transparentarse sus pezones y sus bragas. Me da una pena enorme, como asistir a una humillación pública. ¿Es eso todo lo que tiene que ofrecer? ¿Es eso a lo que tiene que recurrir para resultar interesante o atractiva?

Escribiendo estas líneas a las cinco de la mañana. Maldito insomnio.

Esta semana se publica mi nueva novela. Y siempre, cada vez que publico un libro, el miedo a la insignificancia, a pasar desapercibido. El miedo, justificado, a que ese año o esos años de trabajo hayan servido para tan poco. El miedo a que eso que a mí me parecía tan importante le resulte indiferente a casi todos.

Escribir es como lanzar un guijarro a un pozo.

Incluso este diario, del que he empezado a publicar extractos, me causa ahora mismo esa impresión: un pequeño impacto en las aguas oscuras, ondas casi imperceptibles, silencio, la superficie inmóvil. Esperamos demasiado de la escritura. Quisiéramos que levantase olas, que transformase paisajes, que nos hiciese sentir la fuerza, la energía de un Moisés separando las aguas del Mar Rojo. Pero suele quedarse en eso: el guijarro que cae y se hunde en silencio. Y aunque separásemos las aguas de un mar, después vuelven a juntarse y al poco tiempo se olvida el prodigio. Maldita sea: la literatura no sirve para nada contra la muerte.

 

La vida sin corregir (2)

Anotaba la semana pasada que no me atrevía a releer el poema que escribí a Dore cuando hace unos años me quedé en su casa con un tremendo dolor de espalda que me dejó inmovilizado varios días. Cuando pude empezar a moverme, bajaba cuidadosamente las escaleras desde la buhardilla donde estaba mi cuarto y me sentaba en la cocina con esa vieja anarquista, como se definía ella. Conversábamos durante horas. Ella me hablaba, sin ninguna petulancia, de Julito -tardé un tiempo en descubrir que se refería a Cortázar-, de que Borges había estado sentado en la silla que yo ocupaba y, si recuerdo bien, que sólo bebía leche. Me hablaba de ella, de su etapa en Nicaragua, de sus anticuados intentos de cambiar el mundo. Pasamos algunas horas en su estudio, en el sótano, buscando su correspondencia con Octavio Paz entre miles de papeles.

En realidad, no la traté mucho. La vi por primera vez durante una visita en el estudio neoyorkino de Manolo Valdés. Recuerdo que no ocultó en absoluto el rechazo que sentía hacia esa obra (de esto no quedará nada, decía). Luego nos vimos en unas pocas ocasiones; le tomé un afecto que sólo se concretó en dos o tres cartas y un par de visitas más.

Pensando en ella, en su vida que se iba viniendo abajo, como la casa en la que habitaba, escribí el poema.

Lo anoto en mi diario porque integrar el recuerdo de los muertos en nuestra vida es la única manera, no de mantenerlos vivos (qué estupida y mentirosa es esa frase: siempre estarás vivo en mi recuerdo), sino de honrar la relación que tuvimos con ellos, de conservar lo que nos dieron, de conseguir que siga siendo parte de nosotros.

For Dore Ashton

The house is crumbling,

the world of course

is too,

and you just take note

of dripping and peeling

of ripping and scattering away:

you have seen

worse.

A crazy old lady, you say,

and there is pride and pain

and a pinch of mockery,

but the house, but your hearing,

but your memory,

and you have not even noticed

your cigarette still burning

and look for another. You have seen

worse: a whole century,

its terrible beauty

and ugliness you carry in your luggage,

we are now well into the next

and forgetting each day swifter,

unlikely lightweights, feathers

with no sorrow and no remorse,

but fear, a patient poacher, is crouching

behind false hopes.

You don’t count your blessings

because you are ashamed of them,

and allow people to steal some from you

so as not to die with too many

still unused.

 

I ask you about dying,

you say you don’t care

and the lie

makes you mortal,

even smaller, a bit vain,

like that unfitting hairdo,

although there is grace

in accepting old age

only to a point.

Oh, Dore, the house is giving in

-not you, I know-,

rain pours into the attic

and you could mistake the cracks

for writing in the walls,

no fucking mene tekels,

just lines, abstraction, delicate

ornaments of the soul. Or the signature left

by one of your painters, lovers, ghosts,

before leaving

or dying

or leaving

or dying

or leaving you,

not alone,

not lonesome,

behind,

alive,

not kicking,

just asking them

and yourself

why.

And where.

And, above all, when.

La vida sin corregir

Cambio el título a esta serie de entradas y le pongo el que decidí para esta especie de diario que llevo desde hace casi un año, aunque esto seguirá siendo un extracto, no el diario completo.

Le hablaba a A. de la buena etapa que estoy pasando. Una rutina deseada, le decía. La familiaridad de una repetición que no cansa. Sé que esa rutina va a durar muy poco y quizá por eso la valoro más.

En el avión de regreso de Bruselas, escucho Ishmael, de Abdullah Ibrahim. La oí por primera vez en casa de F., en Alemania, hará al menos treinta años. Y a pesar de todas las veces que la he escuchado, siempre llega ese momento, al final de la oración cantada y la entrada del saxo, en el que se me pone la carne de gallina. La repetición no ha quitado intensidad al momento, más bien alarga esos segundos de emoción. Porque antes me estremecía al oír el saxo; ahora, como sé que va a entrar, como percibo las notas en mi cabeza, la piel se me eriza ya quince o veinte segundos antes de oír el instrumento.

Escribía en el relato que acabo de entregar a Demipage que minusvaloramos la importancia de la repetición, el placer y la intensidad que pueden acompañarla. En nuestra sociedad desaforadamente consumista parece que lo único válido es el cambio, la novedad. Pero cualquiera que se emocione con los ritos –lo único que me parece atractivo de la religión- sabe que precisamente la repetición, más aún la repetición compartida, puede mantener su eficacia durante décadas: entregarse al momento, a lo familiar, sin pensar en lo que viene después ni en lo que hubo antes. La vida como mantra.

En el asiento de al lado, una pareja muy joven; risueños, afectuosos. Ella lleva rastas, él la cabeza rapada. Él tiene un perfil griego, cráneo muy redondo, braquicéfalo, puente de la nariz casi inexistente, cejas espesas y muy bien delineadas. Lo imagino como hoplita, sudando bajo la armadura, lanza en mano, asustado ante las murallas de Troya. Sus músculos son también de guerrero aqueo.
Pero el feroz guerrero se mordisquea las uñas.

El juicio moral está tan extendido porque se encuentra al alcance de cualquiera. No es necesario entender ni argumentar para conseguir la buena conciencia que nos ofrece. Basta con escandalizarse y eso puede hacerlo hasta un chimpancé.
Claro que todos nos escandalizamos y juzgamos. Pero ganaríamos tanto si lo hiciésemos después de comprender en lugar de reaccionar de forma espontánea.
Dejo el tema: mi faceta de moralista o crítico de costumbres me hace sentir en seguida como un impostor. Además, no hay trabajo más inútil.

Ha muerto Dore Ashton. E. L. le escribe una conmovedora necrológica. Dore escribió, entre otros muchos libros, un interesante ensayo sobre Miquel Barceló. Él le hizo un retrato espantoso y torpe que prefiero no subir aquí.

doreNo me atrevo a releer el poema dedicado a Dore que  escribí en inglés, convaleciente en su casa, y que Antonio Rivero Taravillo me publicó en el número 3 de Estación Poesía. Ya estoy suficientemente triste.
E. y yo pensamos hace tiempo en la posibilidad de escribir una biografía suya, o más, bien, convencerla para que nos permitiese ser los negros de su autobiografía. Entrevistarla con grabadora, tomar notas. (Su memoria prodigiosa para lo lejano, su despiste para lo cercano: las preguntas repetidas, dos cigarrillos consumiéndose a la vez en el cenicero). Pero era demasiado tarde. Su hija había establecido un cerco a su alrededor que no era fácil traspasar. El asfixiante amor filial. U otra cosa distinta y disfrazada de afecto.

Pensando estos días sobre seducción, recuerdo una escena de Los desposeídos, de Ursula Leguin, en la que una mujer se muestra seductora hacia el protagonista, y cuando el hombre traduce a su propio idioma la situación, es decir, cuando considera que le están invitando a una relación sexual, no entiende que ella no quiera hacerlo inmediatamente; para él una cosa lleva a la otra y se siente engañado si no es así. Es decir, no ve la seducción como fin en sí mismo, como representación, como obra teatral, sino como prolegómeno de otra cosa. Creo que es un malentendido frecuente.

La semana que viene participo en el jurado del Festival International du film d’amour, en Mons. Una semana entera. No tengo la menor idea de lo que me espera. Por un lado siento curiosidad, por otro pereza: ¡tengo tantas cosas que hacer! Menos mal que E. se viene conmigo.
festival-film¿No es extraño, un festival de cine de amor? Como si el amor, alguna forma de amor, se pudiese separar del resto de la vida, como si no estuviese entretejido en nuestros actos cotidianos. Un festival de cine bélico parece más razonable que uno de amor. O de cine deportivo. O de sadomasoquismo. Veremos qué me encuentro.

Anoche, pequeño ataque de angustia que no sé a qué atribuir. Me acurruco contra E. Me acaricia la cabeza. Conversamos. Me voy tranquilizando poco a poco. La vida también consta de esos momentos que, a menudo, ni siquiera llegamos a verbalizar.