Cementerio, muerte, sangre, noche, vacío, amor.

Aquí está la entrada del blog de esta semana, esta vez relacionada con Colombia, con la Feria del Libro de Bogotá… y con otras cosas. Espero que os interese.

http://www.zendalibros.com/cementerio-muerte-sangre-noche-vacio-amor/

Escritores vendidos, críticos impolutos

Una contribución al debate entre críticos y escritores. Espero que os interese.

http://www.zendalibros.com/escritores-vendidos-criticos-impolutos/

Toda la verdad sobre mi adicción al sexo

Hace unos meses David Villanueva me pidió un relato para incluirlo en el volumen Drogadictos, que salió publicado el mes de marzo pasado. Yo decidí entregar un relato en primera persona sobre la adicción al sexo, titulado El secreto

El resto lo podéis encontrar en Zenda Libros

El presente es el futuro. Y viceversa

Déjate de ciencia ficción; déjate de distopías. No me hables del futuro. Las cosas suceden ahora. Escribir sobre el futuro es escapista, conservador. ¿De qué me sirve inventar historias que ocurrirán dentro de varios siglos, criticar las condiciones políticas y sociales de ese mundo imaginario en lugar de denunciar las actuales? Déjate de bladerunners, de espectáculos interestelares, de absurdos extraterrestres. La realidad está aquí, bien terrestre, no allí…

Os dejo aquí el primero de una serie de artículos sobre el futuro que voy a publicar en La marea.

 

Mirando el sol, bajo la lluvia

 

La lluvia, en Bonn, no es una cosa que sucede en el pasado. La lluvia aquí es un accesorio de la existencia: respiras, cantas, envejeces, llueve. La lluvia no sucede; suceden las demás cosas; llover es la forma natural en la que amanece y anochece. Nadie anuncia “está lloviendo”: miras hacia lo alto y dejas que el sol te lave la cara…

Y el resto de la entrada, como de costumbre, en Zenda Libros:

http://www.zendalibros.com/mirando-sol-la-lluvia/

 

 

La tentación de la pereza

En la presentación de M. S. Lleno increíble. Yo no sé si habrá muchas autoras que hacen literatura auténtica –que nadie me pida que aclare el concepto- capaz de atraer a tantos lectores a sus actos. Y también hay pocas escritoras que despierten tantas simpatías –y algunos odios-.

E., durante la presentación, habla con esa mezcla de dulzura y convicción que hace tan atractivo su discurso (¡aparte de lo inteligente que es lo que dice!).

Ahora recuerdo que, unos meses atrás, se montó un escándalo por un libro que prologaba M. S. Independientemente de la razón del escándalo, me llenó de perplejidad que se lanzara una campaña, creo que en change.org, para que se retirase el libro del mercado. Estamos rodeados de censores, o de idiotas. O de las dos cosas.

He terminado de leer Cero K, de DeLillo, después de interrumpirla varias veces por otras obligaciones de lectura (ya no leo lo que quiero, sino lo que debo: necesidad de corregir esto en mi vida). Aunque tiene momentos deslumbrantes, como siempre, me he encontrado con demasiados pasajes en los que he perdido el interés. Esa descripción exhaustiva de la atmósfera y de los personajes en el centro de criogenización, a pesar de su amplitud, no va suficientemente lejos. O va quizá más lejos de lo que yo puedo ir.

La novela tiene algo de testamento, como el que quiere hacer el padre del protagonista. Esto he sido, dice; hasta aquí llego. Desaparezco. Pero vosotros no. Es vuestro turno.

¿Decía antes que estamos rodeados de censores y de idiotas? La sentencia condenatoria por los twitter de Cassandra sobre Carrero Blanco sería risible si sus consecuencias no fuesen tan serias para la vida de una persona y, a la larga, para la salud de la democracia.

La rabia de estar gobernados por delincuentes, juzgados por prevaricadores, controlados por cuerpos de seguridad que, por lo que se lee en muchas noticias, son un nido de gusanos. ¿Será delictivo afirmar algo así? Como diría Ariel: que les den.

Creo que después del  curso de escritura creativa que acabo de empezar voy a hacer una larga pausa. Tengo la impresión de que llevo un tiempo sin progresar, sin ser capaz de descubrir algo nuevo que enseñar. Y lo viejo ya lo he enseñado demasiadas veces. Me impresionan esos periodistas y escritores que son capaces de publicar una columna regular durante décadas, esos profesores que enseñan también durante décadas la misma asignatura. Supongo que son capaces de alegrarse con los pequeños matices que van descubriendo durante su trabajo, o que los avances de sus alumnos les bastan como recompensa. Yo enseguida me digo: venga, ¿es eso todo? Creo que soy mi capataz más tiránico. En cuanto quiero descansar en terreno conocido, saco el látigo.

Escribo todo esto sin orgullo por mi inquietud; en realidad, me gustaría ser fiel a aquel verso que escribí para La Constitución Europea en verso (un proyecto a la vez delirante y divertido). En uno de los derechos fundamentales que quise inscribir en la Constitución, el derecho a la pereza –sí, claro, Paul Lafargue-, anoté: el buen jardinero aprecia/ la sombra del manzano.

Algún día aprenderé a apreciar de verdad esa sombra.

Cuando me vence el desánimo escapo de lo que me rodea, pero no marchándome a otro lugar, sino hacia mi interior. Me adentro en mí mismo hasta que casi no percibo el mundo. El mundo es el runrún en mi cabeza. El mundo es el malestar en el estómago. E., en esos casos, se sienta a mi lado y me acaricia, pero imagino que será como acariciar la coraza de un galápago: seco, duro, mineral. Allí dentro puede que se perciba un temblor, nanomovimientos, pero fuera nada con lo que entablar una relación. Me pregunta si me hace bien que me acaricie y yo respondo que no lo sé, que apenas lo siento. Ella continúa acariciándome.

Me acuerdo ahora de Lonesome George, aquella famosa tortuga  macho que fotografié en las Islas Galápagos hace ya mucho y que fue durante décadas la última de su especie. Me impresionó saber que tuvo el mismo cuidador durante cuarenta años. Supongo que él también, de vez en cuando, le acariciaría el caparazón para consolarlo de su soledad.

Se discute a partir de titulares. Nadie parece leer de verdad, informarse a fondo. Se lee un titular, se le aplica el rasero ideológico y se decide con código binario: bueno/malo. Y entonces comienza el festival de las dentelladas.

Por eso, la prensa usa titulares manipuladores que luego son desmentidos en el cuerpo de la noticia. Ya saben que muy pocos la leerán, así que mejor decirles de entrada lo que deben pensar.

Leo el titular sobre el autogolpe en Venezuela. Leo luego algunas noticias y comentarios más matizados en los que se explica el contexto, pero la pelea a cuchillo desnudo que se desata en las redes se reduce a: Maduro sí/Maduro no. El acontecimiento en cuestión es indiferente. El juicio sobre el asunto es previo al propio asunto, que se convierte en excusa para repetirlo.

Barcelona, La batalla de Argel, la impaciencia

videoconferenciaTerminando de preparar el taller sobre el futuro en la Escola Europea d’Humanitats. Artistas invitados: Bob Dylan, Leonard Cohen y Eskorbuto. (Llego a la conclusión de que no hay nada más apocalíptico que el punk).

Veo La batalla de Argel. En estos días de atentados recientes en Inglaterra y Holanda, en estos meses y años, en realidad, de miedo a atentados y de reacciones vergonzosas y criminales a dichos atentados, resulta una experiencia muy extraña ver esta película magistral. Una película sobre la actualidad que se refiere a sucesos de hace sesenta años. Una película que revela la tristeza de que no hemos aprendido nada. O, más bien, que no hay nada que aprender porque los conflictos son tan profundos que sólo remiten a emociones, no a intentos de comprensión.

argel

Al final, se cancela el taller y sólo doy la conferencia en la Escola: El presente es el futuro del pasado. Creo que ha sido mi mejor conferencia desde la que pronuncié sobre le ética de la crueldad en Lehigh, hace ya varios años. Hasta la víspera tenía la impresión de que lo que había preparado no estaba bien, de que faltaba algo. Me parecía que me limitaba a presentar una serie de ideas deslavazadas sobre cómo a finales del siglo XIX se imaginaba el inicio del XXI. Luego, encontré un juego de conclusiones que imponían un orden a lo anterior. Como en las novelas, a veces el final es esencial, no como broche, sino como momento que hace que todas las páginas previas cobren un sentido nuevo o más amplio. De pronto entiendo la relación que tenía mi discurso conmigo mismo, con nosotros, esto es, con el mundo en el que vivo.

Y como sucedió con La ética de la crueldad, tengo la impresión que de esta conferencia puede salir un ensayo. Ya veremos si es verdad.

Hace años estuve a punto de comprar un piso en Barcelona. La burbuja inmobiliaria me salvó de aquella decisión equivocada. Pero me gusta pasar aquí unos días, salvo por la invasión de turistas, que por suerte en estas fechas aún es soportable.
Temo que en Madrid suceda lo mismo: que la ciudad producto sustituya a la ciudad habitación. Y que la proliferación de franquicias convierta viajar en una especie de día de la marmota. En realidad, cada vez más, las ciudades son en sí mismas franquicias.

Acabamos de hacer todas las reservas de hoteles y aviones para el viaje a Colombia, y justo entonces me escribe H. A. con las fechas en las que va a estar en Medellín. Sólo coincidimos la primera noche, cuando llegaremos de Madrid. Pero intentaremos aprovechar ese rato para verle.

A mis años todavía no he averiguado si soy un hombre demasiado paciente o demasiado impaciente.