Anotaba la semana pasada que no me atrevía a releer el poema que escribí a Dore cuando hace unos años me quedé en su casa con un tremendo dolor de espalda que me dejó inmovilizado varios días. Cuando pude empezar a moverme, bajaba cuidadosamente las escaleras desde la buhardilla donde estaba mi cuarto y me sentaba en la cocina con esa vieja anarquista, como se definía ella. Conversábamos durante horas. Ella me hablaba, sin ninguna petulancia, de Julito -tardé un tiempo en descubrir que se refería a Cortázar-, de que Borges había estado sentado en la silla que yo ocupaba y, si recuerdo bien, que sólo bebía leche. Me hablaba de ella, de su etapa en Nicaragua, de sus anticuados intentos de cambiar el mundo. Pasamos algunas horas en su estudio, en el sótano, buscando su correspondencia con Octavio Paz entre miles de papeles.

En realidad, no la traté mucho. La vi por primera vez durante una visita en el estudio neoyorkino de Manolo Valdés. Recuerdo que no ocultó en absoluto el rechazo que sentía hacia esa obra (de esto no quedará nada, decía). Luego nos vimos en unas pocas ocasiones; le tomé un afecto que sólo se concretó en dos o tres cartas y un par de visitas más.

Pensando en ella, en su vida que se iba viniendo abajo, como la casa en la que habitaba, escribí el poema.

Lo anoto en mi diario porque integrar el recuerdo de los muertos en nuestra vida es la única manera, no de mantenerlos vivos (qué estupida y mentirosa es esa frase: siempre estarás vivo en mi recuerdo), sino de honrar la relación que tuvimos con ellos, de conservar lo que nos dieron, de conseguir que siga siendo parte de nosotros.

For Dore Ashton

The house is crumbling,

the world of course

is too,

and you just take note

of dripping and peeling

of ripping and scattering away:

you have seen

worse.

A crazy old lady, you say,

and there is pride and pain

and a pinch of mockery,

but the house, but your hearing,

but your memory,

and you have not even noticed

your cigarette still burning

and look for another. You have seen

worse: a whole century,

its terrible beauty

and ugliness you carry in your luggage,

we are now well into the next

and forgetting each day swifter,

unlikely lightweights, feathers

with no sorrow and no remorse,

but fear, a patient poacher, is crouching

behind false hopes.

You don’t count your blessings

because you are ashamed of them,

and allow people to steal some from you

so as not to die with too many

still unused.

 

I ask you about dying,

you say you don’t care

and the lie

makes you mortal,

even smaller, a bit vain,

like that unfitting hairdo,

although there is grace

in accepting old age

only to a point.

Oh, Dore, the house is giving in

-not you, I know-,

rain pours into the attic

and you could mistake the cracks

for writing in the walls,

no fucking mene tekels,

just lines, abstraction, delicate

ornaments of the soul. Or the signature left

by one of your painters, lovers, ghosts,

before leaving

or dying

or leaving

or dying

or leaving you,

not alone,

not lonesome,

behind,

alive,

not kicking,

just asking them

and yourself

why.

And where.

And, above all, when.

2 comentarios en “La vida sin corregir (2)

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