En la presentación de M. S. Lleno increíble. Yo no sé si habrá muchas autoras que hacen literatura auténtica –que nadie me pida que aclare el concepto- capaz de atraer a tantos lectores a sus actos. Y también hay pocas escritoras que despierten tantas simpatías –y algunos odios-.

E., durante la presentación, habla con esa mezcla de dulzura y convicción que hace tan atractivo su discurso (¡aparte de lo inteligente que es lo que dice!).

Ahora recuerdo que, unos meses atrás, se montó un escándalo por un libro que prologaba M. S. Independientemente de la razón del escándalo, me llenó de perplejidad que se lanzara una campaña, creo que en change.org, para que se retirase el libro del mercado. Estamos rodeados de censores, o de idiotas. O de las dos cosas.

He terminado de leer Cero K, de DeLillo, después de interrumpirla varias veces por otras obligaciones de lectura (ya no leo lo que quiero, sino lo que debo: necesidad de corregir esto en mi vida). Aunque tiene momentos deslumbrantes, como siempre, me he encontrado con demasiados pasajes en los que he perdido el interés. Esa descripción exhaustiva de la atmósfera y de los personajes en el centro de criogenización, a pesar de su amplitud, no va suficientemente lejos. O va quizá más lejos de lo que yo puedo ir.

La novela tiene algo de testamento, como el que quiere hacer el padre del protagonista. Esto he sido, dice; hasta aquí llego. Desaparezco. Pero vosotros no. Es vuestro turno.

¿Decía antes que estamos rodeados de censores y de idiotas? La sentencia condenatoria por los twitter de Cassandra sobre Carrero Blanco sería risible si sus consecuencias no fuesen tan serias para la vida de una persona y, a la larga, para la salud de la democracia.

La rabia de estar gobernados por delincuentes, juzgados por prevaricadores, controlados por cuerpos de seguridad que, por lo que se lee en muchas noticias, son un nido de gusanos. ¿Será delictivo afirmar algo así? Como diría Ariel: que les den.

Creo que después del  curso de escritura creativa que acabo de empezar voy a hacer una larga pausa. Tengo la impresión de que llevo un tiempo sin progresar, sin ser capaz de descubrir algo nuevo que enseñar. Y lo viejo ya lo he enseñado demasiadas veces. Me impresionan esos periodistas y escritores que son capaces de publicar una columna regular durante décadas, esos profesores que enseñan también durante décadas la misma asignatura. Supongo que son capaces de alegrarse con los pequeños matices que van descubriendo durante su trabajo, o que los avances de sus alumnos les bastan como recompensa. Yo enseguida me digo: venga, ¿es eso todo? Creo que soy mi capataz más tiránico. En cuanto quiero descansar en terreno conocido, saco el látigo.

Escribo todo esto sin orgullo por mi inquietud; en realidad, me gustaría ser fiel a aquel verso que escribí para La Constitución Europea en verso (un proyecto a la vez delirante y divertido). En uno de los derechos fundamentales que quise inscribir en la Constitución, el derecho a la pereza –sí, claro, Paul Lafargue-, anoté: el buen jardinero aprecia/ la sombra del manzano.

Algún día aprenderé a apreciar de verdad esa sombra.

Cuando me vence el desánimo escapo de lo que me rodea, pero no marchándome a otro lugar, sino hacia mi interior. Me adentro en mí mismo hasta que casi no percibo el mundo. El mundo es el runrún en mi cabeza. El mundo es el malestar en el estómago. E., en esos casos, se sienta a mi lado y me acaricia, pero imagino que será como acariciar la coraza de un galápago: seco, duro, mineral. Allí dentro puede que se perciba un temblor, nanomovimientos, pero fuera nada con lo que entablar una relación. Me pregunta si me hace bien que me acaricie y yo respondo que no lo sé, que apenas lo siento. Ella continúa acariciándome.

Me acuerdo ahora de Lonesome George, aquella famosa tortuga  macho que fotografié en las Islas Galápagos hace ya mucho y que fue durante décadas la última de su especie. Me impresionó saber que tuvo el mismo cuidador durante cuarenta años. Supongo que él también, de vez en cuando, le acariciaría el caparazón para consolarlo de su soledad.

Se discute a partir de titulares. Nadie parece leer de verdad, informarse a fondo. Se lee un titular, se le aplica el rasero ideológico y se decide con código binario: bueno/malo. Y entonces comienza el festival de las dentelladas.

Por eso, la prensa usa titulares manipuladores que luego son desmentidos en el cuerpo de la noticia. Ya saben que muy pocos la leerán, así que mejor decirles de entrada lo que deben pensar.

Leo el titular sobre el autogolpe en Venezuela. Leo luego algunas noticias y comentarios más matizados en los que se explica el contexto, pero la pelea a cuchillo desnudo que se desata en las redes se reduce a: Maduro sí/Maduro no. El acontecimiento en cuestión es indiferente. El juicio sobre el asunto es previo al propio asunto, que se convierte en excusa para repetirlo.

2 comentarios en “La tentación de la pereza

  1. Me encantan tus apuntes de diario, Jose. Soy muy fan. El otro día hablabas de Barcelona. Recordé tus escapadas con una sonrisa.
    Si no fuera por el maldito autocorrector (¡del inglés!) te dejaría más comentarios. Qué complicado es convivir en dos sitios a la vez. Tú ya sabes. Y E también. Hago lo que puedo pero no llego a todo.

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    • Hola, E. (Otra E.) Sí es complicado; yo ahora estoy más tranquilo con una sola base. Justo la semana pasada estuvimos en Barcelona, y cuando estoy allí, me suelo acordar de cuando me alojabas, de las cenas contigo y de los desayunos con tu gata.

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