Contestar entrevistas por escrito. Es cómodo porque lo haces cuando quieres. Pero la cantidad de tiempo que lleva. Y luego te olvidas de lo que contestaste allí, aunque eso sucede con lo que dices en todas las entrevistas (me ha ocurrido hace poco: J. A. J. me envía una entrevista en la que hace referencia a algunas afirmaciones mías. No me acuerdo de ellas.)

Anoto aquí dos respuestas para que no se me olviden.

“Escribir como si fuese en ese momento lo único importante, escribir sin jueguecitos para establecer complicidades con los compañeros, escribir con rabia. Reivindico la pasión, muy desprestigiada en esta época de lo cool, de no conceder importancia a nada. La postmodernidad nos dijo que nada es real y por tanto nada es importante, así que parece que sólo nos está permitida la ironía (la ironía significa jugar sobre seguro, no arriesgar: no es agresión abierta ni aceptación explícita). Yo desprecio la ironía. Prefiero el riesgo de caer en el ridículo que siempre entraña la pasión.”

 “Es verdad que la vida no significa nada en sí misma, pero ¿quién dijo que sólo importa lo que tiene significado? Yo no quiero que la pasión de escribir, de comunicar, sustituya a la de vivir. No quiero ser uno de esos escritores que dicen que la literatura es para ellos más importante que la vida. Para mí, afirmar tal cosa equivaldría a la constatación de un fracaso personal, sería reconocer que la literatura es un refugio y un sucedáneo: escribir y leer porque la vida no es satisfactoria. Yo lo quiero todo: una vida plena y una literatura plena.”

Son dos respuestas en las que me he dejado contaminar por Ariel. Ojalá sean verdad.

En Córdoba con E. Presentación con Pepe, agradable. Público atento. Somos muy breves, quizá demasiado. Pocas firmas. Luego cena.

Cada vez hablamos más de comida. La gastronomía ha sustituido en la sobremesa a la política. Somos la izquierda gourmet.

Screen Shot 2017-03-21 at 09.56.01Rodamos en Sevilla con Sara Mesa e Hipólito G. Navarro. Los dos sentados muy juntitos en el borde de un antiguo fregadero, de esos que llevaban la tabla de lavar incorporada. Están muy graciosos en esa postura inestable en la que si uno se levanta el otro pierde el equilibrio. Se nota el afecto entre ellos.

Una de las cosas buenas del documental: conocer a ciertos autores que me interesaban pero no había tenido trato personal con ellos. A Sara ya la conocía. Poli es todo un descubrimiento. Una de esas personas de las que, nada más conocerlas, quisieras ser su amigo.

Acabamos el viaje en Granada. Estamos cansados, tenemos que forzarnos a salir del hotel. Andrés Neuman nos lleva al barrio del Realejo a grabar. Calles laberínticas, la luz intensa que hace difícil rodar en buenas condiciones. Casas de ricos en lo alto, las más pobres abajo. En algún sitio escribí que el uso de la orografía es también una cuestión de clase.

Andrés habla con una lucidez impresionante. Comemos con él. Parlanchín pero a la vez interesado por los demás, tiene necesidad de contar muchas cosas y también de averiguar muchas.

Volvemos en coche de alquiler a Madrid. En un momento dado, al cambiar de carril, ya de noche, el coche da un fuerte bandazo que aún no sé a qué atribuir. Vamos a 130. Pienso que eso podría haber sido todo, un fuerte bandazo a 130, perder el control porque en ese momento no llevara el volante bien agarrado o porque no rectificase a tiempo la dirección. Vuelta de campana, salirse de la carretera, quizá chocar con otro. Se acabó. Imagino la escena mientras aún conduzco, E. sentada a mi lado, en silencio.

Charla con estudiantes de Babson College en Madrid, a la que me había invitado otra vez Jenny (gracias, Jenny).. Un grupo muy interesado, curioso. Es un taller sobre Lavapiés, es decir, sobre la transformación de un barrio. Imaginamos historias de personas que viven en ese barrio: un inmigrante senegalés y una anciana que ha vivido siempre allí. Intentamos entender su vida cotidiana y sus sensaciones. Los estudiantes participan con una intensidad poco frecuente. Cuando hago una pregunta o sugerencia, enseguida se levantan siete u ocho manos. Al igual que durante la charla en Luxemburgo, se me pasan por la cabeza todos esos comentarios que oigo sobre los jóvenes de hoy, sobre su desinterés, y me convenzo de la imposibilidad de que los integrantes de una generación emitan un juicio atinado sobre los de la siguiente.

Y hoy salimos hacia Pamplona. En tren.

Un comentario en “Contra la ironía. En la carretera. Un susto.

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