
TOM HERMAN/UNSPLASH
14 de mayo
En el libro se encarna una forma muy particular y contradictoria de fetichismo de la mercancía: se le concede (o concedía) un elevado valor simbólico pero muy escaso valor de cambio –el oro y los iPhones tienen ambos, el acero solo el segundo–. Pero que tenga poco valor de cambio, en nuestra sociedad tan mercantilizada, acaba afectando a su valor simbólico, cada vez más por debajo del que tienen el cine, la música y, por supuesto, el fútbol, que mueven mucho más dinero. (Por eso el espacio que conceden los medios a la literatura decrece progresivamente).
Cuando vivía en Alemania, escuché al escritor y traductor alemán Hans Wollschläger decir que un libro debería costar al menos tanto como un aspirador, revelando, quizá sin proponérselo, esa contradicción. Si le hiciésemos caso, sin duda concederíamos mucho más valor a la literatura, potenciaríamos el uso de las bibliotecas públicas, reduciríamos el consumo de papel y aliviaríamos los dolores de espalda de los libreros causado por el trajín con tantas cajas. Y, de paso, quizá contribuiríamos a acabar con la «literatura basura», porque por un precio tan elevado te pensarías mucho comprar un libro que se limita a entretenerte un rato en lugar de otro al que podrías regresar en varias ocasiones. Tampoco compraríamos un aspirador, por potente que fuera, que solo pudiésemos usar en una ocasión.
Si un día me encuentro con el ministro de Cultura, le voy a proponer que se mantenga el precio fijo del libro, pero con un límite inferior igual al de un aspirador de gama media, aunque con coste subvencionado para las bibliotecas. Seguro que le va a interesar la propuesta.