Un momento para respirar (14) Todo lo que era sólido

Un hombre camina entre la nieve en Piedrafita, Lugo. EFE / Pedro Eliseo Agrelo Trigo

13 de diciembre
Hoy amanece nevado. Para nosotros es hermosísimo levantarnos y ver blancos no solo la montaña, también el terreno que está delante de nuestra casa, el bosque de robles, ya sin hojas, cada rama convertida en una filigrana de hielo.

No sé si le gusta el espectáculo a los otros pocos habitantes del pueblo, pero más de una vez me han expresado su aversión a la nieve. Como me decía un vecino bastante mayor –por edad y por salud–: yo solo quiero que haga sol.

No es que mi vecino sea un defensor apocalíptico de un cambio climático extremo que acabe lo antes posible con la especie humana. Es que lleva aún, a los ochenta años, el recuerdo de la nieve y del hielo en los huesos. Otro vecino, hoy en una residencia de ancianos, me contó más de una vez cómo era cuando, de niño, tenía que llevar las vacas a través del monte, con la nieve hasta las rodillas, siguiendo en la niebla la huella de sus animales para no hundirse. Se estremecía al contarlo.

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